EL CONATO DE VIVIR

Escrito por: Eduin López, Maestro Jefe del Área de Español – Colegio Juan Luis Londoño I.E.D.

Por primera vez en la historia hemos experimentado un fenómeno que confinó a la totalidad del mundo. El Coronavirus nos llegó de forma sorpresiva y desgarró radicalmente nuestras formas de vida. No obstante, pasados casi dos años desde la primera cuarentena habría que preguntarnos ¿podremos hablar de volver a una normalidad?

Pese a que, la palabra normalidad hoy queda suspendida en el más hostil de los limbos o rodeada de las más perturbables dudas, cada uno de nosotros hemos intentado recuperar el sentido existencial que habíamos construido en la interacción con el mundo. Sin embargo, aquí se nos presenta otro problema: el mundo fáctico y verificable, de rostros y nombres ya no estuvo a nuestro alcance, éste fue usurpado por el mundo de las pantallas, de lo remoto, del anonimato, de lo impersonal. Fue así como nuestras fronteras se redujeron, primero a nuestra casa, después a nuestro propio cuerpo.

La humanidad tuvo que enfrentar la virtualidad, las fronteras cada vez más estrechas y la incertidumbre fatal para sobreponerse  a todos los desquebrajustes, y, en la evidente fragilidad continuar escribiendo la historia.

El Colegio Juan Luis Londoño de La Salle es un ejemplo plausible de ello: estructuró y reestructuró cronogramas, actividades y planificaciones para lograr llegar a cada uno de los estudiantes que tiene a su cargo, siempre con el objetivo de ofrecer lo mejor del grupo de profesionales que lo conforman. Aunque los círculos con letras remplazaron los rostros, los sueños, las esperanzas y la valentía no cedieron, más aún, se alimentaban con el esfuerzo incesante de lograr constituir el mejor método para la nueva educación virtual.

Cuando por fin anunciaron las vacunas y las fronteras se abrieron un poco, las esperanzas de morar de nuevo el colegio, cobraron una luz todavía más brillante e intensa; el Juan Luis Londoño tuvo el sueño de volver a ser habitado. Se adecuaron todas sus instalaciones para que las risas, los chistes, las voces y los sueños volvieran a pulular en él y así, darle a la edificación el sentido inherente que le pertenece: el de ser residido por los estudiantes, profesores, padres de familia y por cada uno de los que conforman nuestra familia lasallista.

El edificio poco a poco retomó su identidad de casa porque se empezó a alimentar de la vida de los jóvenes. Las risas, las voces, las confesiones, los lamentos y los secretos, que por mucho tiempo fueron sólo un eco, un recuerdo, un anhelo, retornaron de nuevo y el colegio se iluminó de un nuevo sentido. Incluso aquellas cosas que en otro tiempo causaron malestar, como las tareas, exposiciones, formaciones y demás responsabilidades académicas fueron recibidas como agua después del interminable viaje por el desierto.

El Juan Luis Londoño, feliz de tener una vez más a sus jóvenes, supo que debía esmerarse para procurarles un ambiente sano y saludable, en el que se sintieran cómodos y seguros, y que pudiera gestarles aprendizajes y gozos. El Juanlulo supo que sus espacios deberían ser el oasis que les mostrara otra cara de la realidad, ensombrecida por la pandemia y todos los problemas sociales, económicos y políticos que han caracterizado la reciente historia de nuestro país.

Para ello, se dispusieron de los recursos y esfuerzos necesarios para llevar a su máximo esplendor todas sus actividades propuestas, de las cuales podemos mencionar “La Fantasía Extreme” y “El foro de filosofía”, en las cuales, los estudiantes demostraron sus habilidades físicas e intelectuales haciendo gala de sus diferentes virtudes. Por otro lado, tenemos actividades de tipo más solemnes como “La entrega de símbolos”.

Ésta última es una tradición institucional que consiste en que los estudiantes de once en su recta definitiva por el bachillerato entregan simbólicamente el liderazgo del colegio a quienes los suceden, es decir, a los estudiantes de décimo próximos a ser promovidos; en razón de ello, se organiza un acto protocolario en el que participan todos los miembros del colegio, desde el rector y todos los que lo secundan.

Este año se llevó a cabo el 17 de noviembre; como primer evento, se realizó la eucarística respondiendo a los valores católicos propios de los lasallistas; como segundo evento, los jóvenes de los dos últimos niveles escolares se tomaron una de las canchas del colegio, allí, los del nivel superior entregaron los símbolos patrios, los símbolos institucionales y los recordatorios a sus compañeros del curso inmediatamente inferior, como muestra de que confían en ellos para que se responsabilicen del colegio y dejen su huella como próxima promoción. Como evento final, los jóvenes de undécimo realizaron un baile de despedida, una muestra artística en la que finalmente dan muestra de su trabajo en equipo, empeño y responsabilidad como escolares.

Fácilmente se pudiera pensar que, el hombre enfrentado a una pandemia que amenaza con desaparecerlo del mundo, asume la actitud cómoda de no esforzarse ante la certeza de la muerte como posibilidad constante e imperiosa, no obstante, hay algo en él que lo empuja a querer permanecer en su ser, a querer potenciase pese a la inminencia de la degradación. Es aquí donde se lograr concluir que el deseo de vivir es más fuerte que la muerte y que la voluntad inquebrantable nos insta a emprender el camino, aunque éste nos prometa desembocar en el abismo.

Los jóvenes lasallistas han sido sinónimo de lucha y esperanza, su evidencia radica en las ceremonias de graduación que se lleven a cabo, en los sueños que comparten y en el emprendimiento hacia nuevos horizontes, tal vez venturosos, tal vez escabrosos, pero con el orgullo de ser un hermano lasallista que nunca dejará de soñar y que con su quehacer en el mundo honrará a aquellos que no lograron vencer al virus que nos sometió.